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Callejón de Seúl de noche con carteles luminosos de restaurantes en coreano.
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Jeju, un volcán rodeado de roca negra

Jeju es un volcán en escudo en el mar, frente a la costa sur de Corea, y todo en la isla viene de ahí: muros de basalto negro que separan los naranjales, tubos de lava bajo los campos y cientos de conos secundarios —los oreum— asomando de los pastos. En el centro se alza el Hallasan, con 1.947 metros la montaña más alta de Corea del Sur, con un lago en el cráter y rutas de un día que suben entre bambú enano y, en mayo, azaleas en flor.

La costa es la otra mitad. Seongsan Ilchulbong, el pico del Amanecer, es un cono de toba que brotó del agua y hoy forma un cuenco verde sobre los acantilados: la subida clásica al alba. En la orilla sur, Jusangjeolli se rompe en columnas hexagonales de lava enfriada contra las que golpea el oleaje, y las cascadas de Cheonjiyeon y Jeongbang caen casi en el mar, en Seogwipo. Bajo tierra, Manjanggul permite caminar un kilómetro por uno de los mejores tubos de lava del mundo.

La cultura de Jeju es igual de particular. Las haenyeo, las buceadoras de la isla, siguen trabajando el fondo a pulmón en busca de abulón, caracola y erizo, muchas con más de setenta años, y sus casetas forman parte del paisaje costero. Los dol hareubang, abuelos de piedra basáltica, custodian las entradas de los pueblos.

Camina algún tramo del Olle Trail, 27 rutas señalizadas que rodean la isla; come cerdo negro a la brasa, gachas de abulón y mandarinas hallabong; y en primavera cruza campos amarillos de colza. Jeju es la semana más amable de cualquier viaje por Corea del Sur.