Taipéi, una ciudad que se come de noche
Taipéi ocupa una cuenca verde rodeada de montañas volcánicas, y conviene empezar por lo alto: subir al mirador del **Taipei 101** al atardecer o hacer los veinte minutos de escalones de la *Montaña del Elefante* para ver cómo la torre se vuelve dorada sobre los rascacielos de Xinyi. A pie de calle el ritmo cambia por completo. En Wanhua, el **templo de Longshan** sigue lleno de incienso y de cánticos al caer la tarde, y a dos manzanas los herbolarios del callejón de Qingcao pesan manojos de hierbas amargas. Al norte del río, la calle Dihua de Dadaocheng conserva sus fachadas de la época Qing, los sacos de vieira seca y medicina china, y una hilera creciente de salones de té y estudios de diseño detrás de las columnas antiguas. Comer es la razón por la que casi todo el mundo alarga la estancia. **Shilin** es el mercado nocturno más grande y ruidoso; el de **Raohe**, más estrecho y fácil de recorrer entero, arranca con la cola de los panecillos de pimienta negra pegados a la pared del horno de barro. Pide sopa de fideos con ternera en un local de azulejos de Zhongshan, xiao long bao al vapor, tortilla de ostras y el té con burbujas que Taiwán regaló al mundo. La calle Yongkang sirve la versión sentada de todo ello. Deja también medio día de respiro. El teleférico a **Maokong** sobrevuela bancales de té hasta casas donde sirven baozhong de la zona; **Beitou** queda a un trayecto de metro y huele a azufre, con baños termales públicos y una casa de baños japonesa de madera convertida en museo; y Yangmingshan se llena de calas en primavera y de hierba plateada en otoño. Taipéi es fácil, generosa e infinitamente comestible: *un primer capítulo perfecto* antes de recorrer el resto de Taiwán.