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Pagoda de tres pisos del templo Kiyomizu-dera de Kioto sobre la ciudad y las montañas.
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Himeji, el castillo que nunca cayó

Sales de la estación de Himeji y el castillo ya está ahí, enmarcado al fondo de una avenida recta de un kilómetro, flotando sobre los tejados. En Japón quedan una docena de castillos con torre de madera original en lugar de reconstrucción de hormigón, y **Himeji-jo** es, por consenso, el mejor: terminado en 1609, enlucido de blanco brillante contra el fuego y la humedad, con los frontones apilados como alas plegadas. Lo llaman *Shirasagi-jo*, el castillo de la garza blanca. Sobrevivió a los asedios del siglo XVII, al derribo de castillos de la era Meiji, a los bombardeos que arrasaron la ciudad en 1945 y al terremoto de Kobe de 1995 sin perder una viga. Lo asombroso es que nunca fue un adorno. El acceso serpentea entre puertas trampa y callejones sin salida pensados para dejar al atacante bajo las troneras; los muros están perforados con triángulos y círculos para los arcabuces. Se suben seis plantas por escaleras casi verticales, en calcetines, entre pilares de abeto y ciprés, hasta un pequeño santuario y la vista sobre la llanura. En el corredor de **Nishi-no-maru** se recorren las estancias de la princesa Sen, y fuera está el pozo de Okiku, de la historia de fantasmas más famosa del país. Reserva tiempo para dos cosas más: **Koko-en**, nueve jardines amurallados de estilos distintos sobre antiguas residencias de samuráis, y el teleférico al **monte Shosha**, con el templo Engyo-ji y sus enormes salas de madera entre cedros. A una hora de Kioto en shinkansen.