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Pagoda de tres pisos del templo Kiyomizu-dera de Kioto sobre la ciudad y las montañas.
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Hiroshima: una ciudad que decidió recordar en voz alta

A las 8:15 del 6 de agosto de 1945 la bomba estalló casi justo encima de lo que hoy es la **Cúpula de la Bomba Atómica**, y el esqueleto del edificio quedó en pie precisamente porque la onda llegó desde arriba. Hiroshima decidió no retirarlo. La ruina cierra el extremo norte del **Parque Memorial de la Paz**, una cuña verde entre dos ríos con el cenotafio en arco, el monumento a los niños cubierto de grullas de papel y una llama que arderá, dicen, hasta que desaparezca la última arma nuclear. El museo es directo y no se sale igual de él: un reloj de pulsera parado a las 8:15, un uniforme escolar, testimonios grabados a supervivientes que ya pasan de los ochenta. Lo que más sorprende es hasta qué punto el resto de la ciudad está viva. Tranvías de los años cuarenta siguen bajando por Hondori; la galería cubierta está llena un martes por la tarde; y el *Hiroshima-yaki* es un plato de verdad distinto al de Osaka: la masa, la col, el cerdo y un nido de fideos fritos se montan por capas en vez de mezclarse, y luego se doblan sobre un huevo. Okonomimura, un edificio entero de planchas rivales apiladas, existe solo para eso. Fuera del centro, **Shukkeien** es un jardín de paseo con paisajes en miniatura que hubo que replantar después de la guerra, y el castillo de Hiroshima se reconstruyó sobre su foso original. La ciudad da al mar interior de Seto, así que en invierno la especialidad son las ostras, asadas en su concha en puestos callejeros. El ferri a Miyajima sale de Miyajimaguchi, veinticinco minutos al oeste. Dale a Hiroshima un día entero: la mañana pesa y la tarde es la respuesta.