Nikko: la tumba de un shogun en un bosque de cedros
Hay una frase japonesa antigua —*no digas kekko hasta que hayas visto Nikko*—, kekko como «espléndido», y la fanfarronada va por un conjunto en concreto. **Toshogu** es el mausoleo de Tokugawa Ieyasu, el shogun que unificó el país, y renuncia por completo a la contención habitual de la arquitectura religiosa japonesa: laca negra, pan de oro y más de cinco mil tallas apretadas en la puerta Yomeimon, delante de la cual la gente se quedaba antes hasta el anochecer. Dos de esas tallas son famosas mucho más allá de Nikko: los tres monos sabios del establo sagrado y el gato dormido sobre el paso que lleva a la tumba de Ieyasu, doscientos escalones de piedra arriba entre los árboles. Al lado, el templo Rinno-ji guarda tres budas dorados de casi ocho metros, y el santuario Futarasan, más antiguo que los dos, custodia el puente bermellón de **Shinkyo** sobre el agua verde y rápida del río Daiya. Todo el acceso discurre bajo cedros plantados en el siglo XVII, una avenida que todavía se alarga kilómetros por la vieja carretera. Por encima del pueblo la carretera sube las curvas de Irohazaka hasta una meseta que parece otro país. La **cascada de Kegon** cae noventa y siete metros desde el lago Chuzenji, y lo mejor es bajar por el ascensor excavado en el acantilado hasta la plataforma del pie; la marisma de Senjogahara tiene pasarelas entre hierba y abedules; y arriba del todo, en Yumoto, hay aguas termales sulfurosas. A finales de octubre la meseta entera se pone naranja y las curvas se colapsan. En diciembre entra la nieve, y Toshogu bajo ella, con los cedros cargados, es lo más silencioso que llega a estar el sitio.
Viajes en Nikko: la tumba de un shogun en un bosque de cedros
Japan • 16 días
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