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Pagoda de tres pisos del templo Kiyomizu-dera de Kioto sobre la ciudad y las montañas.
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Osaka: comer hasta reventar, y luego una brocheta más

Osaka tiene una palabra para describirse a sí misma —*kuidaore*, arruinarse comiendo— y no es del todo una broma. La ciudad hizo su fortuna como puerto de comerciantes, se quedó con el humor directo que venía con el oficio y convirtió la cena en el acontecimiento principal. **Dotonbori** es la prueba: un canal forrado de carteles animados, el corredor de Glico, un cangrejo mecánico del tamaño de un coche y puestos que giran el takoyaki con pinchos metálicos hasta que las bolas se despegan. Dos calles más allá, en *Shinsekai*, bajo la torre Tsutenkaku de 1912, los bares de kushikatsu fríen cualquier cosa en brocheta y cuelgan siempre la misma norma: la salsa común no se moja dos veces. De día la ciudad está en otra parte. El **castillo de Osaka** se levanta sobre bloques ciclópeos dentro de un doble foso, reconstruido en hormigón pero rodeado de 600 cerezos que convierten principios de abril en la quincena más concurrida del año. El mercado Kuromon son 600 metros de pescaderos que asan vieiras y cortan atún al momento; Nakazakicho, un reducto de casas de antes de la guerra que se salvó de los bombardeos, se ha llenado de tiendas de segunda mano y tostadores de café; y el observatorio del Jardín Flotante de Umeda enseña toda la cuadrícula de noche. Los de Osaka te dirán que son los graciosos —aquí nació el manzai, la comedia a dos voces— y la ciudad se nota más suelta que Tokio o Kioto. La gente habla con desconocidos, en las escaleras mecánicas se coloca al revés y el okonomiyaki, esa tortilla espesa de col, se hace en la plancha encastrada en tu propia mesa. Además es la base natural para Nara, Kobe y Himeji, todas a menos de una hora en tren.