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Pagoda de tres pisos del templo Kiyomizu-dera de Kioto sobre la ciudad y las montañas.
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Miyajima: la isla donde el santuario se mete en el mar

El nombre propio de la isla es Itsukushima, y se la consideraba tan sagrada que la gente común solo se acercaba en barca, pasando por debajo del gran torii en lugar de pisar la orilla. Esa puerta sigue en el agua sobre seis patas enormes de alcanforero, sostenida únicamente por su peso y por el lastre de piedra. Con la marea alta parece flotar; seis horas después se puede caminar por la arena mojada hasta la base y ver las monedas encajadas en las grietas. Las dos versiones merecen la pena, que es el mejor argumento para dormir aquí.

El santuario de Itsukushima está construido sobre pilotes en el llano de marea: una sucesión de corredores bermellones y un escenario donde todavía se baila bugaku, la danza de corte. Al lado, el pabellón inacabado de Senjokaku —Hideyoshi murió antes de que lo techaran— se queda abierto al viento junto a una pagoda de cinco pisos. El pueblo de abajo huele a momiji manju, pastelitos con forma de hoja de arce rellenos de judía dulce y hechos al momento, y a ostras a la brasa, que la bahía cría en cantidades enormes.

Detrás del santuario la isla se levanta en bosque. El monte Misen se sube en hora y media por bosque primario o se ataja con el teleférico, y arriba hay monos salvajes, una llama en la sala Reikado que dicen encendida desde que Kobo Daishi la prendió hace doce siglos, y una vista sobre las islas del mar interior de Seto. Los ciervos sika pasean por el embarcadero y se comen un mapa de papel si les dejas. A finales de noviembre los arces del valle de Momijidani lo tiñen todo de rojo.