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Pagoda de tres pisos del templo Kiyomizu-dera de Kioto sobre la ciudad y las montañas.
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Kanazawa: la ciudad feudal que las bombas no encontraron

Kanazawa era rica —el clan Maeda gobernaba el segundo dominio más grande del país, medido en arroz— y nunca fue bombardeada, así que la ciudad antigua sobrevivió donde la de casi todo Japón no lo hizo. Por eso los barrios de madera de aquí parecen continuos y no reconstruidos. En *Higashi Chaya*, las casas de té con fachada de celosía siguen alineadas a lo largo de una sola calle; una de ellas, Shima, se visita como museo con las salas de actuación del piso de arriba intactas. Nagamachi es el barrio samurái: muros de tierra forrados con esteras de paja durante el invierno, canales estrechos y la casa Nomura con un jardín encajado en un patio. **Kenrokuen** es el motivo por el que mucha gente viene. Está entre los tres grandes jardines de Japón y su nombre alude a los seis atributos —amplitud y recogimiento, artificio y antigüedad, agua y vistas— que un jardín perfecto debía reunir y casi nunca conseguía a la vez. En noviembre los jardineros montan el *yukitsuri* sobre los pinos, cuerdas abiertas en abanico desde un poste central para que la nieve no rompa las ramas, y el resultado se parece más a una escultura que a un mantenimiento. La ciudad sigue fabricando. Aquí se bate el noventa y nueve por ciento del pan de oro de Japón, tan fino que se pone sobre un helado, sobre laca o en el techo de un templo; la porcelana Kutani y la seda teñida kaga yuzen vienen del mismo mecenazgo feudal. El mercado Omicho vende pescado del mar de Japón en el mismo solar desde hace casi tres siglos: cangrejo de las nieves en invierno, gamba dulce cruda todo el año y cuencos de kaisendon en las barras. Añade las galerías circulares y espejadas del Museo del Siglo XXI y Kanazawa deja de ser una parada de camino a los Alpes.