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Pagoda de tres pisos del templo Kiyomizu-dera de Kioto sobre la ciudad y las montañas.
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Naoshima, la isla que se convirtió en museo

Naoshima son ocho kilómetros cuadrados de pinos, granito y puerto pesquero en el mar interior de Seto, y uno de los lugares más extraños y estimulantes de Japón. En su extremo norte sigue funcionando una fundición de cobre; en el sur manda **Tadao Ando**. Desde finales de los ochenta, el editor Soichiro Fukutake y el arquitecto empezaron a enterrar museos en las laderas, y la isla acabó convertida en una sola obra continua que se recorre a pie. El **Museo Chichu** está completamente bajo tierra y solo se ilumina con luz natural. En una sala de mármol blanco cuelgan cinco nenúfares de Monet, a la que se entra descalzo; en otra, una esfera de granito negro de Walter De Maria reposa sobre una escalera de obeliscos dorados; en una tercera, James Turrell disuelve la pared en puro color. Cerca, el museo Lee Ufan enfrenta unas piedras y unas planchas de acero al mar, y la **calabaza amarilla** de Yayoi Kusama espera en el espigón, con su gemela roja en el puerto de Miyanoura. Las mejores horas, sin embargo, están en **Honmura**, el pueblo viejo donde el Art House Project convirtió siete casas abandonadas y un santuario en instalaciones: contadores LED sumergidos en la penumbra, una escalera de cristal de Sugimoto hundiéndose bajo un santuario sintoísta, una sala negra donde los ojos tardan diez minutos en entender qué miran. Alquila una bici, come udon y sigue en ferry a Teshima. Un contrapunto perfecto a los templos de Japón.