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Pagoda de tres pisos del templo Kiyomizu-dera de Kioto sobre la ciudad y las montañas.
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Shirahama, el Japón que se baña en el mar

Shirahama significa playa blanca, y el nombre lleva más de mil años cumpliendo. Este tramo de la costa de Wakayama ya aparece en las crónicas del siglo VIII como lugar al que los emperadores viajaban a tomar las aguas, lo que convierte a Sakinoyu en uno de los baños más antiguos de Japón todavía en uso: dos pilas de piedra tosca encajadas en la roca al nivel del mar, sin techo ni paredes. Te metes, el Pacífico rompe a dos metros, la espuma te salpica los hombros y no hay nada entre tú y el horizonte.

La playa dibuja seiscientos metros de arena genuinamente blanca, reforzada con arena traída de Australia, y en verano es una estampa japonesa perfecta: sombrillas, hielo raspado y familias en la orilla. Hacia el sur la costa se vuelve dramática: Sandanbeki cae cincuenta metros a plomo sobre el mar, con una cueva en la base donde la flota de Kumano escondía sus barcas, y Senjojiki es una plataforma de arenisca blanda que el oleaje ha tallado en terrazas por las que se camina descalzo. Frente a la costa está la isla Engetsu, atravesada por un arco natural por el que, en los atardeceres justos, encaja el sol.

El pueblo es un balneario sin complejos: hoteles termales, pediluvios en las esquinas, el mercado Tore-tore y los pandas gigantes de Adventure World. Y es también etapa del ramal costero Ohechi del Kumano Kodo. Un descanso perfecto entre templo y templo.