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Pagoda de tres pisos del templo Kiyomizu-dera de Kioto sobre la ciudad y las montañas.
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Hakone, donde el Fuji asoma entre el vapor

A hora y media de Tokio, Hakone cambia la ciudad por el azufre, los cedros y el agua. El tren de montaña Hakone Tozan sube haciendo zigzag y cambia de sentido tres veces: el maquinista y el revisor se intercambian los extremos del convoy mientras, a finales de junio, los taludes desaparecen bajo miles de hortensias. Más arriba, el teleférico sobrevuela **Owakudani**, un cráter humeante donde el vapor silba entre roca amarilla y se cuecen huevos en las aguas sulfurosas hasta que la cáscara se vuelve negra: dicen que cada *kuro-tamago* regala siete años de vida. Abajo, barcos con aire de galeón cruzan el **lago Ashi** hacia el enorme torii bermellón del **santuario de Hakone**, con los pies en el agua y la espalda apoyada en el bosque. En una mañana clara de invierno el monte Fuji aparece detrás, duplicado en el reflejo. La antigua ruta Tokaido sigue la orilla bajo una bóveda de cedros de cuatrocientos años y pasa junto a la aduana reconstruida donde se registraba a todo viajero que iba a Edo, y en la casa de té Amazake-chaya aún sirven bebida dulce de arroz a quien llega caminando. Aquí también hay arte: el **Museo al Aire Libre de Hakone** reparte esculturas de Moore y Miró sobre un césped enmarcado por montañas. Pero se vuelve por el baño: Gora, Miyanoshita, Sengokuhara y Yumoto tienen aguas distintas, ryokan propios y *rotenburo* abiertos a la noche y al rumor del río. Un buen primer paso para descubrir Japón sin prisa.