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Pagoda de tres pisos del templo Kiyomizu-dera de Kioto sobre la ciudad y las montañas.
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Una noche entre los cedros de Koyasan

En el año 816 el monje Kukai, conocido tras su muerte como Kobo Daishi, recibió una meseta en las montañas de Kii y fundó la ciudad monástica de **Koyasan**. Doce siglos después sigue siendo justo eso: medio centenar de templos en activo, una sola calle principal, un funicular que sube a los peregrinos desde el valle y bosque de cedros cerrándose por todos lados. Más de la mitad de esos templos alojan visitantes. Dormir en un *shukubo* es tatami, puertas correderas de papel, un futón tendido mientras cenas y *shojin ryori*, la cocina vegetariana de los monjes: tofu de sésamo, verduras de montaña, encurtidos y koya-dofu, liofilizado al frío desde la Edad Media. El corazón de la montaña es **Okunoin**, dos kilómetros de tumbas bajo cedros milenarios. Doscientos mil monumentos se alinean allí: señores de la guerra que pasaron la vida combatiéndose comparten ladera con comerciantes y estatuas de Jizo con babero rojo. Al fondo, tras la sala de las diez mil linternas, se cree que Kobo Daishi no murió sino que medita eternamente, y los monjes aún le llevan dos comidas diarias. Recórrelo de noche. De día responde el **Danjo Garan**, con la pagoda bermellón Konpon Daito de 45 metros. En Kongobuji está el mayor jardín seco de Japón, con la grava rastrillada en forma de dos dragones. A las seis suenan los cánticos y arde el rito del fuego goma. En otoño el rojo lo invade todo; en invierno, la nieve. Un alto imprescindible en cualquier viaje por Japón.