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Pagoda de tres pisos del templo Kiyomizu-dera de Kioto sobre la ciudad y las montañas.
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Takayama: un pueblo de montaña que conservó su madera

Takayama está en una cubeta de los montes Hida, lo bastante alta y lo bastante lejos de todo como para que el pueblo de época Edo se quedara tranquilo. El resultado es Sanmachi Suji: tres calles de casas de comerciantes en madera casi negra, con aleros profundos, puertas bajas y canales de agua corriendo por las fachadas. Las destilerías de sake se señalan con un sugidama, una bola de ramas de cedro colgada sobre la puerta que se va poniendo marrón a medida que madura el sake de la temporada; aquí siguen funcionando siete, y casi todas abren catas a partir de enero.

Dos mercados matinales abren al amanecer, uno junto al río Miyagawa y otro delante de Takayama Jinya, la única sede de gobernador provincial que se conserva en Japón, con su almacén de arroz y su sala de interrogatorios. En los puestos hay encurtidos, manzanas, miso y sarubobo, esos muñecos rojos sin cara que las abuelas de Hida cosían para dar suerte. La carne es el otro motivo para estar aquí: la ternera de Hida es el wagyu de la región, y se vende en brocheta, en nigiri sobre una bola de arroz templado o como filete en condiciones por la noche.

Y luego está la fiesta. Dos veces al año, en abril y en octubre, Takayama saca sus yatai —carrozas lacadas altísimas con herrajes dorados, algunas con marionetas karakuri movidas por titiriteros escondidos— y el pueblo se llena. Fuera de temporada se pueden ver cuatro en la sala Yatai Kaikan. Los autobuses a Shirakawa-go salen de la estación, el museo al aire libre de Hida-no-Sato queda a veinte minutos y los onsen de Okuhida, a una hora dentro de los Alpes.