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Tejado dorado y aleros decorados de un palacio de la Ciudad Prohibida de Pekín.
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Shanghái: piedra colonial en una orilla, ciencia ficción en la otra

Ninguna ciudad escenifica sus contradicciones con la limpieza de Shanghái. Ponte en el **Bund** al atardecer, con el río Huangpu corriendo negro delante: a tu espalda, un kilómetro y medio de bancos y aduanas de los años veinte, granito y arrogancia neoclásica; enfrente, **Pudong** — el abrebotellas del Shanghai World Financial Center, la Shanghai Tower retorcida, las esferas rosas de la Perla de Oriente — encendiéndose de golpe. Por el medio pasan transbordadores y gabarras de carbón. Hacia el interior la escala baja. La **antigua Concesión Francesa** son plátanos, casas shikumen de portal de piedra, callejones de mercado, sastres y cafés escondidos en villas de los años treinta; Tianzifang y la calle Wukang son la entrada evidente, pero lo bueno está en meterse por cualquier callejón de Fuxing o Anfu y encontrar la ropa tendida entre ventanas. El **Jardín Yuyuan**, en la ciudad vieja, es el contrapeso: rocallas, estanques de carpas y muros rematados por dragones de un comerciante Ming, envueltos en un bazar donde se hace cola por los **xiaolongbao** y se comen quemando. Shanghái se disfruta en pequeños rituales: desayunar shengjianbao dorados en la plancha con leche de soja; una noche de acrobacias; una hora con los bronces antiguos del **Museo de Shanghái**; y la línea 2 del metro hasta **Zhujiajiao**, un pueblo de canales, puentes de piedra jorobados y barcas de remo a menos de una hora de los rascacielos. Ve en primavera tardía o en octubre — la humedad de julio es un adversario serio — y deja una tarde libre para no hacer nada más que el paseo del río.

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