Hangzhou, un lago que hizo poetas
Hangzhou fue capital de los Song del Sur y la ciudad que Marco Polo describió como la más hermosa del mundo, y su centro de gravedad no se ha movido: el Lago del Oeste, una lámina de agua enmarcada por diques de sauces, puentes en arco y colinas de té. Recorre a pie o en bici el dique de Su, levantado por el poeta y gobernador Su Dongpo en 1090, y el más corto dique de Bai hasta el Puente Roto, donde la leyenda sitúa el encuentro de la Serpiente Blanca con su estudiante bajo la lluvia. Al atardecer, rema hasta las Tres Pozas que Reflejan la Luna, tres linternas de piedra que aparecen en el billete de un yuan, con la pagoda Leifeng encendida al fondo.
Detrás del lago, las colinas se llenan de té. En Meijiawu y en la aldea de Longjing, las terrazas de xihu longjing trepan por las laderas y las familias tuestan la hoja plana a mano en woks calientes; la cosecha anterior al Qingming, a finales de marzo, es la más preciada. Valle adentro, el templo Lingyin quema incienso desde el año 328 y su acceso bordea los acantilados de Feilai Feng, con más de trescientos budas Song y Yuan tallados en la caliza.
Se come junto al agua: cerdo Dongpo guisado hasta deshacerse, pescado al vinagre del Lago del Oeste, gambas salteadas con hojas de longjing y bollos al vapor en la calle Hefang. El verano cubre el lago de lotos; octubre perfuma la ciudad entera de osmanto. Con el Gran Canal y los humedales de Xixi, Hangzhou merece varios días en cualquier ruta por China.
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