Suzhou, jardines escritos como poemas
Suzhou lleva dos mil quinientos años siendo ciudad de agua y de seda, trazada sobre una retícula de canales unidos al Gran Canal, y sus funcionarios letrados dedicaron el retiro a construir los jardines que hoy son Patrimonio Mundial. El mayor es el Jardín del Administrador Humilde, cinco hectáreas de estanques, puentes en zigzag y vistas prestadas con las que un censor del siglo XVI convirtió su caída en desgracia en paisaje. El Jardín Persistente presume de galerías y de la roca Taihu llamada Pico de la Nube Auspiciosa, mientras que el diminuto Jardín del Maestro de las Redes demuestra la tesis mejor que ninguno: media hectárea que parece infinita, sobre todo de noche, cuando se representa ópera Kunqu en sus salas.
Fuera de los muros, la vida sigue el agua. Recorre Pingjiang Road al amanecer, cuando las casas encaladas y los puentes de piedra son de los vecinos, o toma una barca por Shantang hasta la Colina del Tigre, donde una pagoda de ladrillo del año 961 se inclina más de tres grados sobre la tumba del rey Helü. La seda hizo la fortuna de la ciudad: el museo la explica y los talleres siguen bordando piezas su xiu a doble cara.
Se come pez mandarín en forma de ardilla con salsa agridulce, fideos aozao en caldo claro y se bebe biluochun, el té verde en espiral del lago Tai. El museo de I. M. Pei y los pueblos de agua de Tongli y Zhouzhuang completan la parada más apacible de un viaje por China.
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