Guilin, donde flotan las montañas
Guilin debe su nombre a los bosques de osmanto que perfuman la ciudad cada otoño, y los árboles siguen ahí, junto al foso y a la red de Dos Ríos y Cuatro Lagos que rodea el centro y pasa bajo las pagodas gemelas del Sol y la Luna. Pero lo que atrae al viajero es la piedra caliza. La Colina de la Trompa del Elefante hunde su trompa de roca en la confluencia del Li y el Taohua, y el Pico de la Belleza Solitaria se alza dentro de la ciudad principesca de Jingjiang, de época Ming: 306 escalones hasta una vista de toda la llanura kárstica.
El crucero por el río Li hacia Yangshuo es la excursión clásica: cuatro o cinco horas navegando frente a la Cueva de la Corona, la Colina de los Nueve Caballos y el meandro de Xingping que aparece en el billete de 20 yuanes, con búfalos en la orilla y balsas de bambú entre los picos. Cerca de la ciudad, la Cueva de la Flauta de Caña propone un recorrido de 240 metros entre estalactitas iluminadas de colores, con inscripciones en tinta dejadas por visitantes de la dinastía Tang.
Y se come mifen: fideos redondos de arroz con ternera estofada, judías encurtidas, cacahuetes fritos y un cazo de caldo especiado, antes de las ocho de la mañana y en taburete de plástico. El otoño trae vino de osmanto y cielos limpios; la primavera, nieblas que convierten los picos en un rollo pintado. Un primer capítulo inmejorable para un viaje más largo por China.
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